Con el mes de septiembre a la vuelta de la esquina, los exámenes vuelven a ser protagonistas para miles de estudiantes, universitarios y opositores que se enfrentan a pruebas decisivas. Y como cada año, junto con los nervios y la incertidumbre, también resurgen los rumores sobre métodos para copiar, incluyendo el uso del pinganillo oposiciones, las cámaras ocultas y otras tecnologías invisibles diseñadas para engañar al sistema.
El tema no es nuevo, pero genera polémica cada vez que se acerca una convocatoria. ¿Se están utilizando realmente estos dispositivos para obtener mejores calificaciones en pruebas oficiales? ¿O estamos ante una exageración amplificada por las redes sociales y el boca a boca?
Los pinganillos: entre la leyenda urbana y la realidad
Desde hace años, se habla del Pinganillo para oposiciones como si fuera un artefacto casi mágico: un auricular diminuto que se introduce en el oído, conectado con una cámara o un teléfono móvil, y que permite recibir respuestas durante un examen sin ser detectado.
Pero ¿hasta qué punto es esto real y común en entornos tan exigentes como las oposiciones? Para responder a esta pregunta, hemos contactado con SosEspías, uno de los principales fabricantes de dispositivos encubiertos y pinganillos invisibles en España. Su experiencia en el sector les ha convertido en referencia obligada cuando se habla de este tipo de tecnología.
Según fuentes de la empresa, el uso de estos dispositivos en oposiciones es residual: “Podríamos decir que es algo anecdótico. De cada 4.000 opositores que se presentan a una convocatoria, quizá uno o dos intenten utilizar una cámara o un pinganillo. También hay quien esconde chuletas, o incluso quien tiene acceso previo a las preguntas por algún contacto en el tribunal, como ha ocurrido en casos documentados por la prensa…
El verdadero “truco” para aprobar: preparar muy pocos temas
Pero más allá de los dispositivos tecnológicos, existe una forma de “trampa” mucho más común, extendida y —sorprendentemente— tolerada en el mundo de las oposiciones: preparar solo una parte del temario. Concretamente, tres o cuatro temas de los veinte que forman la materia exigida. Esta estrategia consiste en concentrar el estudio solo en aquellos temas que tienen más probabilidades de salir, confiando en la suerte.
“Es una apuesta”, reconocen muchos preparadores. “Si tienes suerte y te cae uno de los temas que llevas preparados, puedes sacar una gran nota. Si no, estás fuera”.
El problema es evidente: un opositor que ha decidido ignorar deliberadamente el 80% del temario no está, objetivamente, preparado para desempeñar el cargo al que aspira. Podría decirse incluso que está menos capacitado que cualquier persona ajena que simplemente pasa por la puerta del aula donde se realiza el examen. Sin embargo, esta estrategia no solo no se penaliza, sino que se enseña como táctica válida en muchas academias, se conoce y se consiente, pues nada se hace para evitarlo.
¿Qué dice esto del sistema de oposiciones?
El hecho de que sea más común apostar por cuatro temas que usar un pinganillo invisible revela una gran paradoja. En un proceso supuestamente diseñado para encontrar al mejor profesional, la suerte y la estrategia juegan un papel tan importante como el conocimiento real.
¿Es ético que alguien que solo domina el 20% de la materia pueda acabar trabajando en una administración pública simplemente porque ese día sonrió la fortuna? ¿No deberíamos cuestionar un sistema que, en teoría, premia la preparación, pero en la práctica permite —y a veces recompensa— atajos tan evidentes?
Además, los exámenes de oposición están plagados de lo que algunos expertos denominan “zonas grises”. Casos donde el fraude no es evidente, pero sí la falta de proporcionalidad entre el esfuerzo real y el resultado obtenido.
Trampas clásicas, nuevas tecnologías y poca supervisión
Si bien el uso del pinganillo para oposiciones es escaso en comparación con otras técnicas, no deja de ser una realidad. Gracias al avance de la tecnología, hoy existen cámaras ocultas en botones, gafas o incluso mascarillas, capaces de captar la hoja del examen y transmitirla en tiempo real. En paralelo, el pinganillo —diminuto e invisible desde fuera— recibe la información desde el exterior.
No obstante, este tipo de dispositivos requieren cierta logística, preparación y sangre fría, lo que limita su uso a casos muy concretos. “En general, quien se arriesga a esto es porque sabe que no tiene otra opción, o porque no ha preparado nada y busca una vía desesperada”, explican desde SosEspías.
La falta de vigilancia estricta en algunas sedes también juega un papel clave. Aunque muchas convocatorias exigen dejar los móviles fuera del aula, no existen controles tecnológicos avanzados (como detectores de frecuencia o inhibidores de señal) que impidan el uso de estos métodos.
¿Quién aprueba hoy una oposición?
Con todas estas variables, cabe preguntarse: ¿quién aprueba realmente una oposición en España? ¿El que más estudia? ¿El que mejor memoriza? ¿El que tiene más suerte? ¿El que mejor juega sus cartas, aunque no domine el temario?
Lo que está claro es que la fórmula actual permite resultados muy distintos dependiendo del perfil del opositor. Algunos estudian a fondo durante años y no consiguen plaza. Otros aciertan con su apuesta y se cuelan en la lista de aprobados con una preparación parcial. Y unos pocos optan por métodos cuestionables que, aunque minoritarios, no siempre son detectados a tiempo.
La necesidad de una reforma estructural
Si el objetivo de las oposiciones es encontrar a los mejores candidatos para ocupar puestos clave en la administración pública, quizá ha llegado el momento de replantear el modelo. Un sistema que permite que la suerte o la picaresca tengan más peso que la preparación no garantiza, en absoluto, que el aprobado corresponda al perfil más idóneo.
Propuestas como la realización de pruebas más prácticas, la evaluación continua o la integración de entrevistas competenciales podrían reducir el impacto del azar. Del mismo modo, una mayor inversión en vigilancia tecnológica durante los exámenes ayudaría a prevenir los fraudes más sofisticados.
Hasta entonces, seguirá habiendo quien confíe en el pinganillo, en la estrategia del 20% del temario o, simplemente, en que su primo esté en el tribunal. Y así seguirá girando la rueda de unas oposiciones que, cada año, dejan más preguntas que respuestas.
